Novelas Plurales

Novelas Plurales: La alambrada, Olga y la ciudad, Actores sin papel, Noticias del fin del mundo.

«Mientras algunos se obstinan en destruir, unos pocos nos empeñamos en seguir creando»

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26 de mayo de 2008

El sur de Madrid

Hoy llueve despacio, suavemente. Ésta es la lluvia atlántica que suele calar Galicia, Asturias, Santander o Euskadi. En Brest, en la Bretaña francesa, con más de doscientos días de lluvia al año, la precipitación anual es aproximadamente la misma que en la región de Marsella, mirando al Mediterráneo, donde apenas si llueve unas decenas de días, pero torrencialmente.
El sur de Madrid es una zona semi-árida que, por su clima y orografía, pertenece a la región natural de La Mancha, en pleno centro de la meseta peninsular. Muchas veces hemos visto pasar en días secos nubes negras sobre nuestras cabezas. A unos kilómetros de distancia hacia el oeste, hacia la Sierra de Gredos, estas mismas nubes formaban una cortina de agua que regaba los pueblos.
Veinte grados de diferencia entre el día y la noche, y otros veinte entre las mínimas de invierno y las del verano. El mismo árbol que una noche de invierno soporta temperaturas bajo cero, al mediodía de verano está expuesto a más de cuarenta grados.
La tierra mesetaria es vieja. Por los alrededores el ojo aprecia cauces de ríos que existieron y se secaron, o que sólo tienen un caudal apreciable unos meses al año, o que se convierten, después de las lluvias, en una sucesión de charcos fangosos. En milenios de erosión, antes de rendirse agotados, cavaron pequeños valles que ya sólo llamamos barrancos. Cuando llueve, lo hace con fuerza, enérgicamente, forma escorrentías y va limando aún más el terreno. Es una tierra de depósito, desgastada, que ha perdido los bosques y la primera capa fértil del suelo. Aquí y allá, afloran depósitos blancos de yeso.
Al atardecer, el campo huele a tomillo y a romero, a espliego, a lavanda. El mismo campo reseco de finales del verano, amarillento, estalla en verdor en primavera, en cuanto la menor lluvia se decide a caer. Los pedregales y los barrancos se cubren de una vegetación dura y estoica, con unas flores diminutas que regalan el aroma más intenso al paseante que se agacha para tocarlas. Es una vegetación de la resistencia y la generosidad.

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