Novelas Plurales

Novelas Plurales: La alambrada, Olga y la ciudad, Actores sin papel, Noticias del fin del mundo.

«Mientras algunos se obstinan en destruir, unos pocos nos empeñamos en seguir creando»

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8 de junio de 2015

Historia sin pasión / historia sin razón

Historia sin pasión
¿Es posible ver la historia sin pasión? ¿Sin protagonistas, sin dilemas, sin ilusiones, sin fracasos ni aciertos? ¿Para qué sirve una historia sin pasión?
Para muchos españoles jóvenes, la Segunda República quizá sólo sea algo viejo, arrinconado en la historia, un callejón sin continuidad. Su relato ya es apasional, esa ausencia de pasión que se deriva del desconocimiento y se lleva bien con la indiferencia.
Si nos seguimos emocionando con las luchas entre griegos y persas, con los debates de los sofistas en el ágora, con el orgullo científico de un astrónomo moderno ante un tribunal de guardianes de la ortodoxia, o con el coraje de un esclavo que huye del Sur para alcanzar el Norte, cómo no habríamos de emocionarnos con un brillante periodo de la historia española, cuyos protagonistas fueron nuestros abuelos.
La historia también tiene que hablar de la pasión y transmitirla, porque de las emociones y de los sentimientos de este periodo también seguimos aprendiendo.


Historia sin razón
¿Hay verdadera historia sin razón? Imaginemos una historia sin investigación, sin descripción de la economía o de la demografía, desinteresada de las organizaciones y las instituciones. Una historia que ignore los valores que dan sentido a su desarrollo y lo articulan. ¿De qué nos serviría una historia sin razón?
La experiencia democrática, en los cinco siglos de historia de España, la más antigua nación de Europa, apenas si ocupa medio siglo. Si identificamos democracia con sufragio universal, la democracia de Reino Unido aún no ha cumplido cien años. Y en los dos siglos transcurridos desde la Revolución Francesa, varias restauraciones manchan la historia de Francia.
Desde sus orígenes en Grecia, hace dos mil quinientos años, la experiencia democrática mundial resulta más bien una excepción, una anomalía.
El pensamiento humano tiende a la polarización. Es un recurso cómodo, engañoso y coactivo. Cómodo porque nos permite categorizar la realidad con poco esfuerzo mental. Engañoso porque nos oculta información relevante. Y coactivo porque nos empuja en una sola dirección, la que une los dos polos opuestos. Si en un texto defendemos la pasión, el vicio bipolar nos atribuirá la negación de la razón. Si en otro defendemos la razón, alguien nos acusará de contradecirnos. La razón democrática, sin embargo, es circunstancial, relacional, compleja. Es moderadora. Coordina más que conduce. Dosifica sin negar.
La razón democrática establece un orden de valores, una axiología. Analiza qué estructuras económicas e institucionales permiten el desarrollo de sus principios. Desvela las que los socavan. Pondera unas y atempera las otras. Es humanista y se reconoce débil. Recelará de quienes pretendan reducirla a ideología, a falsa conciencia. Sabe que no hay razón democrática que se sostenga sin sus propias estructuras, sus propias instituciones, sin rutinas de participación real ni creatividad, sin pluralidad, sin el impulso humano de la pasión por la igualdad y las libertades.