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«Mientras algunos se obstinan en destruir, unos pocos nos empeñamos en seguir creando»

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Un 9 de diciembre, tres derechos y un ejército humanista

El artículo 18 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, adoptada por la Asamblea General de Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948 en París, proclamó que "Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de 
Protágoras de Abdera (480 ? a.C.-410 ? a.C.),
uno de los grandes pensadores demócratas
de Atenas.
conciencia y de religión (...)".


En el preámbulo de la Declaración, la Asamblea reconocía que aquélla era un punto de partida, "un ideal común por el que todos los pueblos y naciones deben esforzarse". Con un espíritu de realismo político, amigo de la observación, cabe preguntarse sesenta y cinco años después si una mera declaración no vinculante basta para inspirar, como era su propósito, "tanto a los individuos como a las instituciones", hasta conseguir "su reconocimiento y aplicación universales y efectivos". ¿No precisa cada ley de un ejército para su aplicación? ¿Cómo sería ese ejército capaz de garantizar estas tres libertades individuales?

Sobre cada una de ellas ha acechado a lo largo de la historia la sombra de una gran máquina, a menudo hasta aplastarlas y borrarlas. Sobre el pensamiento, la ideología; sobre la conciencia, la moral colectiva; y sobre la religión, el integrismo religioso. No faltan ejemplos. Pienso en el escritor torturado en la cárcel del totalitarismo, en el raro linchado por la multitud, en el heterodoxo quemado en la hoguera del fanatismo.

Casi se diría que los periodos de libertad son lagunas en la historia. La democracia ateniense apenas si duró más de un siglo; el Renacimiento fue clausurado por las monarquías absolutistas y confesionales; y en los dos últimos siglos, las democracias parecen participar en una carrera de obstáculos: de revolución en revolución, de reacción en reacción, de guerra en guerra, de reconciliación en reconciliación.

O podemos verlo a la inversa: en los mundos totalitarios, autoritarios o integristas, inmovilizados durante años, a veces cientos de años, incluso milenios, de pronto un pensamiento, un acto y un sentimiento genuinos abrieron una brecha y reclamaron su espacio y su proyecto. Antes de que los ciudadanos participaran en el ágora, algún sofista vagabundo dudó de las leyes heredadas; un juglar se adelantó a Petrarca en su renuncia de los hábitos y cantó sus rimas de villa en villa; y en las democracias actuales, el centro o no está en parte alguna o está en todas partes: allí donde alguien se atreve a pensar por sí mismo, a actuar conforme a su conciencia, a practicar su religión y a respetar los pensamientos, los actos y los credos de los demás. Ésta parece una diferencia importante que distingue a este ejército humanista de otros ejércitos: ni altas tribunas escoltadas por misiles, ni estridentes megáfonos en cada esquina, ni púlpitos de severa piedra labrada; maniobra mejor en torno a una mesa, donde dos personas conversan, o allí donde un grupo de personas se reúnen y debaten.
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El 9 de diciembre ha sido propuesto por la asociación española Europa Laica como "Día Internacional del Laicismo y de la Libertad de Conciencia" (manifiesto)
Cada 10 de diciembre se celebra el Día Internacional de los Derechos Humanos (enlace).