Novelas Plurales

Novelas Plurales: La alambrada, Olga y la ciudad, Actores sin papel, Noticias del fin del mundo.

«Mientras algunos se obstinan en destruir, unos pocos nos empeñamos en seguir creando»

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Aurora. LA PASARELA

La pasarela

Después de cinco horas a pie por caminos rurales entre sembrados y por sendas sinuosas, Mario se introdujo en un erial. Se protegía del sol con un sombrero de paja de ala ancha. La llanura estaba regada de cantos, y en la tierra, esponjosa, a menudo se le hundían las botas hasta el tobillo.

Tenía sed y ya había bebido el agua de la cantimplora, de modo que cuando distinguió a lo lejos las matas verdes se dijo para sí mismo con ironía que, a lo peor, no era una fuente sino un espejismo.

No había agua. Las matas habían arraigado en una ligera elevación del terreno, como una duna enana, y entre ellas asomaban restos de una construcción. Al acercarse vio que se trataba de una escalera: peldaños y pasamanos, todo de madera, como la pasarela de un barco. «Un barco en este páramo... qué absurdo», se dijo.

Un extremo de la pasarela se hundía en la tierra, mientras que el otro se recostaba en la duna, como si estuviera hecha para salvar el metro de altura del montículo. Los peldaños estaban cubiertos de arena blancuzca. Quizá no estuvieran en buen estado. Mario trepó al montículo por un lado y con un gesto mecánico se hizo visera con la mano, mirando a lo lejos. La llanura se extendía con la misma monotonía. Guijarros, algunas hierbas que se arrastraban a ras de tierra. Entre lo alto de la pasarela y el otro lado de la llanura, una caída, el mismo desnivel de un metro.

Había leído historias de conquistadores que en América cargaron con galeones a través de la selva y las montañas, pero ésta era la meseta de origen de los conquistadores, a quinientos metros de altitud, la costa más cercana se encontraba a casi quinientos kilómetros de distancia y hasta la selva mediaba un océano.

Se aseguró de la resistencia del primer peldaño subiéndose a él y descargando todo el peso de su cuerpo. Luego se sentó y comió fruta. No había viento, no se oía un pájaro. Una gota de sudor resbaló por su frente.

«Quizá se trate de un lago seco», pensó, aunque tampoco había a la vista restos de barcas ni de plantas acuáticas ni nada que recordara un lago ni un humedal. Se encogió de hombros: sabía poco de geología.

Varias veces rodeó el montículo y la pasarela. Se sentía más fuerte ahora, después de haber comido. Sentía la boca fresca, el jugo de la fruta. Aquella pasarela tenía que estar allí por algún motivo, no podía ser una pasarela al vacío, al absurdo, para nada.

Quizá fuera por el sol, o por la fruta, por lo que fuera, qué importaba; pero retrocedió veinte pasos y encaró la pasarela. Tomó impulso y echó a correr a toda velocidad hacia ella. Los pulmones llenos, los músculos tensos y flexibles. La subió de dos zancadas y, batiendo el pie en el último peldaño, saltó y voló hacia el otro lado.

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