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Novelas Plurales: La alambrada, Olga y la ciudad, Actores sin papel, Noticias del fin del mundo.

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Aurora: "La garrota"










Felipe no se trata con sus compañeros de la residencia de ancianos. Cuando cae la tarde, con la fresca, abandona el recinto y da un paseo a solas por el vecino polígono industrial.

Camina despacito, casi arrastrando las alpargatas, y en la mano lleva una garrota muy gorda.

La garrota no la utiliza para andar, sino como arma de defensa personal. Ha llegado el momento de decir que Felipe odia a los perros. Los odia con toda su alma. Y también hay que decir que los perros le corresponden con la misma moneda. Porque cuando pasa junto a las vallas de las fábricas, nunca falta un perro con cara de pocos amigos que se lance contra él, clave el morro entre dos barrotes y le gruña con los ojos inyectados en sangre y un espumarajo blanco desbordando sus fauces. Claro que para eso tiene Felipe la garrota: a la voz de «¡Chucho asqueroso!», le suelta un garrotazo en el hocico y prosigue su camino, indiferente a los ladridos furiosos del animal, como si tal cosa.

Aunque para «chucho asqueroso», piensa Felipe, el que se ha encontrado esta tarde. Un perrillo negro de dos palmos de altura que alguien ha abandonado en un descampado. Un perrillo escuálido, cojo de una pata y acostumbrado a recibir golpes. Basta con ver su cabeza gacha y las heridas de las orejas, que dan pena. Camina diez metros por delante de Felipe y cada tanto vuelve la cabeza para vigilar atemorizado sus pasos.

Ya no sabe Felipe cuántas chinas le ha lanzado al perro, que no se da por aludido. Se aleja al trotecillo otra decena de metros, y luego se detiene de nuevo para esperarlo. Felipe lo ha perdido de vista tras una esquina, pero al rebasarla, ha mirado a su espalda y allí está el perro esperándole, las orejas caídas, el hocico rozando sumiso la tierra.

«¡Chucho!», le grita Felipe blandiendo la garrota, pero el perro no se inmuta.

Que Felipe odie a los perros no implica que no tenga su corazoncito. Por supuesto que lo tiene.

«Ven aquí, chucho, ven», le dice agachándose y extendiendo la palma abierta de una mano, mientras que la otra, la que sostiene la garrota, la retiene a su espalda. «Ven, chucho».

El perrillo, ahora, retrocede con desconfianza. Duda un instante y después se acerca despacio, cojeando, hasta la mano que Felipe le ofrece. «Buen chucho...», le saluda. Le acaricia bajo el hocico, y en el lomo, y el perro se tiende y se vuelve patas arriba y se gira y le lame la mano... Está contento el perrillo, a gusto y confiado. Ni siquiera cuando Felipe le muestra la garrota con la otra mano parece alarmarse. Se queda quieto y le mira con sus ojillos tristes, paralizado. No ladra ni gime, tampoco cuando Felipe descarga con fuerza la garrota sobre su cabeza una, dos, tres veces, con tres golpes decididos y recios.

El animalito tiene la cabeza aplastada, y su único reflejo, durante unos pocos segundos, es el movimiento compulsivo de una pata trasera, rígida como un palo. Felipe ya ha reemprendido el camino, aunque tardará algún tiempo en olvidar la mirada de lástima del perrillo. Una mirada que, al recordarla, le pone a Felipe un nudo en la garganta.

La garrota tiene restos de sangre y algún pelo. Hoy no lleva pañuelos de papel consigo. De vuelta en la residencia, piensa Felipe, tendrá que limpiarla.

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